Las luces se apagan, el día se va y solo queda el brillo de
la luna reflejado en los tejados, en las ventanas cerradas que intentan que las
esperanzas no se escapen. Veo gente con prisas, intentando refugiarse de la
lluvia que cae incansable. Y es aquí y ahora cuando me acuerdo,
inevitablemente, de ti.
La lluvia mojaba mi pelo y tus labios, el reflejo en tus
ojos del infinito y el negro vacío que acechaba en mi interior. Me besaste como
se besa cuando se ama, pero mentías.
Me dijiste que jamás olvidaría aquella noche, que la
recordaría para siempre, y me duele darte la razón de nuevo. Me duele no tener
alas para saltar al infinito, conseguir esquivar esos muros que pusiste a tu
alrededor y volver a tenerte a un suspiro. Me duele que pienses que no te
quise, que nunca me importó que tu no me quisieras de la misma forma. Me duele
darme cuenta de cuánto daño me hiciste al pensar que la libertad valía mas que
mi corazón. Y es por eso que doy gracias por no poder volar, y no tener que
pensar si algún día tu me querrás de verdad.