Vivimos refugiados en el pasado, en el pudo y no fue.
No es sano, de ninguna manera, creo que vivir es aprender a dividir y a asumir a partes iguales. Lo que vivimos es parte de nosotros y crea una huella imborrable en nuestro carácter. Somos lo que vivimos está claro, pero no podemos vivir en el pasado pensando en aquello que hicimos mal en aquella historia que no acabó como queríamos, en aquella persona que nos hirió o defraudó.
Las historias en esta vida tienen, como todo, un principio y un final. Los principios llegan sin esperarlos, sin buscarlos. Como esa persona que un día te sorprende, o como esa amistad que surge sin más.
Los principios ilusionan, nos hacen sentir bien, queridos, especiales… pero los finales llegan también, aunque no queramos.
Ya sea por culpa propia, por miedo, por circunstancias de la vida o por simple desgaste.
Decidimos acabar con esa relación en la que tantas esperanzas pusimos, por la que tanto sacrificamos. A veces incluso hacemos mal, nos arrepentimos.
Lo que pasa es que en el momento en que decides que se ha terminado, condenas ese inicio a tu lista de finales tristes, esa lista que vive en el pasado arropada por un sinfín de llamadas no realizadas, de personas que ya no están, de besos bajo la lluvia…
El propósito de todo el mundo es tener un baúl en la memoria, de esos que aparecen en las canciones o en los mejores libros; y esconder ahí todo aquello que nos hace pensar que ya no somos tan felices, todo aquello capaz de robarnos la sonrisa.
Lo que ocurre es que todas esas cosas, si siguen ahí dentro es porque realmente nos la robaron en su día para no devolvérnosla jamás. Las sonrisas tienen un color acorde con cada momento, y hay colores que se desgastan, y se pierden en el tiempo.
Dirás, qué exagerada… la vida no es tan triste. Y es cierto, no lo es nunca o lo es demasiadas veces. Todo depende de cuando abras tu baúl, cómo lo abras, y de lo que decidas meter en él.
grandes verdades....
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