martes, 6 de marzo de 2012

Hopeless

Olvidó como vivir. Olvidó como sentir. Olvidó como existir.
Él lo era todo, vivia por y para él. Siempre dispuesta, siempre complaciente. Acabó siendo la sombra de quién fue. Esa mujer independiente, vivaz, apasionada, coqueta y feliz se esfumó el día en que se entregó a él por completo. Dejó de ser ella misma para convertirse en lo que él quería que fuese. Olvidó todo lo vivido, todo lo aprendido, todo lo que la hacia sentirse bien para complacer los deseos de otra persona.
Y cuánto le costó darse cuenta de lo que ocurría. La monotonía consiguió acallar esas voces, que en su interior le repetían constantemente que eso no era amor, era servidumbre. El amor es generoso, el amor es desinteresado y alentador. El amor da razones por las que luchar, no las anula.
Pero no hizo nada por cambiar su situacion. Hacía falta una valentía desmesurada para alejarse de él y comenzar de nuevo, una valentía que hacía tiempo que ella habia perdido para siempre.
Y asi siguó hasta que su corazon no pudo más, no pudo vivir sin sueños, sin ilusiones, sin alegrías.
Decidió entonces que aquel árbol era perfecto, aislado y con pocas hojas, que le recordo enormemente a si misma.
No pensó que aquello fuera el final, sino el principio. Un comienzo en otro lugar, lejos del yugo que aprisionaba su alma. Así pues, cambió de mundo no con pesadumbre, sino con la certeza de volver a ser feliz de nuevo.

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