domingo, 2 de septiembre de 2012

Carpe Diem (IV Edición La Puerta de los Vientos)

No puedo escapar, me persigue veloz, me consume implacable. Marca cada uno de mis suspiros, de mis silencios, de mis gozos y sombras. Libre por siempre, nada lo para y nunca descansa. No se le pueden poner barreras a tal inmensidad. Y es que, el tiempo, tan eterno en ocasiones y tan efímero en otras, se nos escapa. Se escapa como el agua entre los dedos, encontrando agujeros por los que huir para zafarse de aquel que intenta atraparlo. Caprichoso, intangible, vacilante y traicionero. El ahora ya no está, ya no existe, es pasado. Es un bucle constante en el que un nuevo segundo llega, pasa y desaparece para ser ya pasado. El ayer no vuelve, el hoy es eterno y el mañana es incierto. Absurdo es depender de la nada, pero nos mueve a su antojo. Hacemos lo que el tiempo nos deje hacer, un tiempo que es limitado para todos. Qué sabio es el tiempo, pues cuando descubrimos cómo aprovecharlo ya es demasiado tarde, ya somos suyos, ya no quedan instantes para vivir. No deja de consumirse y aterrador es pensar que el nuestro ya pasó, que se acaba, que no queda. Por ello, la forma más sabia de vivir nuestro tiempo, un tiempo que se nos otorga de manera azarosa, es de tal modo que el pasado no nos cause dolor y esperar el mañana no nos cause temor. Y es que, el tiempo es cuestión de tiempo, la vida es cuestión de vida, la vida dura un momento y el tiempo, toda la vida.

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