Era lo correcto, pero no había hecho nada más doloroso jamás.
Me separe de ti, dejando que mi alma rozase la tuya hasta que el espacio que
quedo entre nosotros fue insalvable, un espacio demasiado grande como para
llenarlo con vanas promesas de amor.
Había pasado las horas contando estrellas, soñando con todo
lo que podría haber sido, con todo lo que podría haber vivido a tu lado y me
encontré frente a un muro. El muro que separa tu egocentrismo, tu vanidad y tu
arrogancia de mi pequeño corazón. Un corazón tan manoseado, tan usado, tan
devastado que era incapaz de trepar aquella inmensa fortaleza en la que te
convertiste con el paso del tiempo.
Eras todo lo que quería, y sin embargo nunca eras
suficiente. Me volví adicta a tus miradas de reojo, a tu sonrisa de medio lado
y a tus suspiros de exasperación. No concebí una sola noche sin tus susurros a
mi espalda, ni los días sin tus manos cerca de mi corazón, ni a esos huecos que
se hacian en tu muro interior y que me dejaban ver aquello que tanto anhelaba. Pero
nunca serías suficientemente valiente como para caminar de mi mano por la vida,
lo suficientemente cabezota como para hacerme ver lo que yo me empeñaba en
negar ni lo suficientemente humilde como para darte cuenta de que yo podía
escapar con el viento.
Me dejaste ir, me dejé marchar.
Me valoré mas a mi misma que a la dependencia que sentía por
ti, me prometí ser decidida, me prometí no volver a caer.
Nada dura eternamente y aquí estoy, ¿hace falta que te diga
que me muero por tenerte, que me muero por quererte?
Porque, solo aquello que es capaz de matarte es capaz de
hacerte sentir vivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario