Pensó que lo había superado, que le había olvidado, que ya
no eras él quien se clavaba en mi corazón. Estúpida.
Bastó un segundo, dos palabras susurradas y el contacto de su
piel, bastó una mirada para volver a perderse.
Dolor. Desesperación. Huir. Respirar. No pensar.
Como un látigo que resuena en una habitación vacía, sintió
una voz tras de sí que la sacó de aquella multitud que le apresaba sin salida. Caminó
como un autómata, dirigida por mano experta allí donde nadie viera su ansiedad
creciente.
Oyó palabras lejanas que le decían que debía olvidar, que
debía ser ella misma. Tardó en reaccionar el tiempo que le llevó pensar en si
misma, en su autoestima, en su magullado corazón y decidió que no era justo. No
era justo que volviera a su playa como traído por la corriente y volvió a pisar suelo bajo sus pies.
Tomó aire con fuerza, como si los recuerdos pudieran salir
de su cabeza si lo hacía con suficientes ganas y salió de aquel lugar.
Que caprichoso es el destino, una de cal y una de arena. Y
así llegó la calma, la sonrisa y se sintió sumamente reconfortada. Sintió por
fin que todo eso le pertenecía, que lo merecía, ya no eran las migajas de un
amor de mentira sino que era real. Era apabullante, asombroso y no sentía la
necesidad de esconderse.
Y así debería ser siempre, brillante e inesperado.
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